Miranda se asoma a la ventana, no ha llegado. La humedad
de la llovizna en pleno julio apalea aquel pueblito abandonado por Dios,
penetra sutilmente el desgastado cristal que da al jardín; el vaho de sopor
golpea el rostro de la joven angustiada como vergajazos de incertidumbre. ¿Por
qué? Se pregunta a sí misma una y otra vez. ¿Por qué? Se repite frotándose las
manitas entumecidas. Siempre es puntual, pero hoy no ha a aparecido y eso está
angustiándola; un pajarito ha quedado atrapado en el lodazal del huerto, sacude
sus alas con desesperación, desistiendo pronto, seducido por la desolación, dejóse envolver por el manto oscuro del que pretendía escapar. Consumido en el color del olvido.
La taza de café servida quién sabe cuándo sigue cálida y vibrante, Miranda la observa; piensa en Él y luego vuelve a
mirar la taza. Como si ese inconfundible aroma hablara, se relame un poco y
bebe. Un sorbo, un pensamiento, un escalofrío asciende silenciosamente desde sus piernas, sorbo,
pensamiento, escalofrío, sorbo, pensamiento, escalofrío, la tormenta arrecia
cada vez más y el bendito café no se acaba..., sorbo, pensamiento, ruptura. En frenesí, devora sus uñas con avidez, el cabello cae por montones, pasa
a arrancarse la piel de los dedos, a morderlos, a chuparlos; ahora los huesos le
duelen, los dientes, la mirada, el existir. Si tuviera alma, le dolería el triple, de
seguro. El escalofrío ocupó cada fibra de su ser, a contraposición, el nocivo
sopor llenó el ambiente en su totalidad, centella el cielo perturbado, en un chispazo de
lucidez, cae de bruces al abismo de la realidad: las cuencas de los ojos están vacías, ha dejado de ser la lozana joven para convertirse, sin reparo, en una cosa abominable; jirones de piel, de cabello blanco, de memorias, pedazos de amor repartidos a
diestra y siniestra en la habitación sin mesura alguna son prueba de ello. Lo único intacto es la tórrida taza de café presenciando el
estrafalario cuadro con displicencia.